Cuna GRÁFICA nace de una idea simple: cada historia del trópico colombiano merece contarse con las manos, capa sobre capa, tinta sobre tinta. Esto es lo que pasa antes de que una estampa llegue a tu pared.
Sugestiva, misteriosa, sorprendente.
Cuna GRÁFICA es un proyecto familiar. Nació entre dos hermanos —Juan y Juliana— que trabajan de un modo casi complementario: uno piensa, la otra construye; uno proyecta el territorio, la otra lo hace posible en el taller. Pero a la hora de imprimir, el taller se vuelve colectivo: ahí se suma nuestra mamá, el apoyo incondicional detrás de cada edición.
No hay líneas de producción industrial ni impresión digital. Cada estampa pasa por manos que separan los colores, exponen las pantallas y estampan una a una, lo que hace que cada pieza tenga su propio carácter, casi imperceptible, dentro de la edición.
El resultado son objetos con historia detrás: bitácoras, tote bags, estampas y calendarios que documentan el trópico —del Chocó al Amazonas, de los páramos a los Llanos— con la misma curiosidad de quien sale a caminar sin saber bien qué va a encontrar.
Un cortejo de pisco y pisca.
Para nosotros lo gráfico es origen: el trazo que antecede a todo lo demás, la cuna donde algo nace antes de tomar forma. De ahí el nombre. Y el símbolo que mejor lo cuenta llegó por accidente, no por diseño: un día vimos a un pisco cortejando a una pisca, sus colores encendidos en pleno despliegue, y ese instante nos marcó. No lo inventamos; lo recibimos. Así entendemos también nuestro trabajo: la naturaleza pone el motivo, nosotros lo cuidamos hasta que llega a tu pared.
Una imagen que tardó un año en pintarse.
Colombia es un país vasto y tropical, y esa amplitud —de selva a páramo, de litoral a llano— es el territorio que intentamos expresar, motivo a motivo. Nuestra posición frente a él está resumida en una historia que solemos recordar en el taller:
Se cuenta que un emperador de China hizo llamar a su pintor de corte y le pidió que hiciera una pintura de un pez para sus aposentos reales. El pintor manifestó su acatamiento a la voluntad de su señor y se fue para emprender su tarea.
Pasaron los días y después las semanas. El emperador mandó un mensajero al estudio del pintor para que averiguara qué sucedía. El mensajero volvió con el informe de que la pintura no estaba a punto.
Los meses se sucedían. Cada enviado al pintor era despachado rápidamente con la misma información: que la pintura todavía no estaba acabada.
Cuando ya había pasado un año, el emperador no pudo contener más su impaciencia e irrumpió él mismo en el estudio del pintor. El pintor estaba sentado, tranquilo y aparentemente bien a gusto. El emperador estaba furioso. «¿Dónde está mi pintura?», gritó. El pintor se inclinó en silencio, atrajo hacia sí una gran hoja de papel, colocó un juego de colores en tarros delante, cogió un gran pincel y, en sólo dos minutos, ejecutó la más maravillosa y sinuosa imagen de un pez que resplandecía en límpidas aguas.
El emperador apenas podía reprimir su rabia: «Si es tan fácil, ¿por qué he tenido que esperar tanto?» Sin romper su silencio, el pintor se fue a la parte de atrás de su estudio, donde había una gran alcoba con puertas que iban desde el suelo hasta el techo. Abrió las puertas y se derrumbaron por el suelo miles de pinturas del pez.
— Laing & Wire, 1998Lo que parece un solo trazo de tinta —una estampa resuelta, limpia, casi obvia— es en realidad lo último de un proceso largo: investigar antes de dibujar, fallar en privado antes de imprimir en público. Así entendemos el trópico en Cuna GRÁFICA: no como un motivo bonito que se resuelve rápido, sino como algo que hay que observar, entender y practicar mucho antes de estar listos para mostrarlo.
Cinco pasos, ninguno apurado.
De la investigación a la pieza terminada, así es como una idea se convierte en serigrafía.
Antes de dibujar nada, se investiga: la especie, su hábitat, su comportamiento; el lugar, su historia, su gente. Cada motivo de Cuna GRÁFICA parte de algo verificable, no de una imagen genérica.
El motivo se dibuja y se separa en capas, una por cada tinta que llevará la estampa final. Cada color se resuelve por separado antes de pensar en cómo se van a superponer.
Cada capa se convierte en una pantalla de serigrafía, expuesta y revelada a mano en el taller. Sin pantalla no hay tinta: es el molde exacto de cada color que compone la estampa.
Se imprime color por color, dejando secar entre capa y capa, sobre papel o sobre tela según la pieza. Ninguna estampa sale exactamente igual a la anterior: esa es la diferencia entre serigrafía hecha a mano e impresión industrial.
Cada pieza se deja secar en un rack, se revisa una por una y se numera dentro de su edición. Solo entonces está lista para el envío o para esperar a quien la va a llevar a su pared.
Escríbenos si tienes preguntas sobre el proceso, quieres visitar el taller o encargar algo hecho a la medida.
Escribir por WhatsApp